martes, 19 de octubre de 2010

Para comprenderla, para comprenderme.

Tremendamente cansada. El peso de la noche cae sobre sus pestañas. Son días intensos y noches soñando. Son minutos contados por un reloj en el que no se detiene el tiempo. El frío va llegando, y sus manos se ponen rojas. Algo dice que todo irá bien. Pequeñas sorpresas que no cambian a la incesante rutina, pero aún así no cambian de significado. Conversaciones sin sentido, que llevarán a pensamientos enloquecidos, a una niña de quince años. Viajes hacia lugares que otros no pueden ver, mientras alguien le dice; vuelve...
Pero sus dimensiones van más allá. Ya no le asusta la oscuridad de las noches, y empieza a vivir éstas con más intensidad. Con más locura. Con más adrenalina. Sí, con más improvisación.
La noche, inspiración para tantos poetas del Romanticismo. Y sí, ¿por qué no?, también para ella.
No le asustan los cambios, es más, los espera a todos con hambre. Sigue sintiéndose acompañada por esa pequeña voz, que nunca la dejó sola, a la que tanto ha de agradecerle. Sigue siendo igual de eufórica y pesimista, de loca y de cobarde. Despistada, sí, pero con los pies en la tierra. O eso creo.
El frío va llegando y sus recuerdos siguen guardados en la punta de sus dedos. Sus labios siguen temblando y sus lágrimas caen desesperadas una vez al mes. O dos. Y es consciente de ello, pero jamás se lo ha reprochado a la vida. Escribe páginas que un día estuvieron en blanco, inundadas de letras que no dicen nada pero que hacen sentir mejor.

Es extraña, es sincera, es mía. Tiene miedo a tener miedo, y desde su ventana puedes ver la misma pequeña constelación cada noche. Es amante de la luna, y nunca sabe qué es lo que quiere...

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