jueves, 20 de octubre de 2011

The power of happiness

Hoy me desperté sobre una mañana algo gris con los sentimientos a flor de piel, aunque no sea un día con sol, toda mi energía alumbra mi habitación. Esa energía también alumbra mi vida, y puedo decir enredada aún entre mis sábanas, que mi vida es maravillosa, que la fe me alimenta día a día, que el amor mueve montañas, y que como tú no hay nadie.
He decidido dejar la auto-compasión a un lado, y ser más positiva en todo aquello que se pueda. Desde hace alrededor de cuatro meses, después de haber estado en, puede que sea, uno de los golpes más duros de mi, por ahora, corta existencia, TODAS, TODAS, TODAS las mañanas me conciencio de que el día de hoy se me pueden presentar una gran variedad de obtáculos, voy a tener pequeñas pruebas, que resolveré o mal o bien, pero que pase lo que pase no me hundiré, no lloraré si no merece la pena, y solo me enfadare cuando mi autocontrol se balancee, pero sobre todo, valorar primero la situación en la que me estoy desenvolviendo. Es decir, antes de hace ninguna de esas tres cosas Siempre me pregunto ¿Merece la pena?, ¿merece la pena llorar por esas palabras feas que escuchaste? ¿Merece la pena hundirse por no poder tenerlo todo? ¿ y enfadarse con alguien? Porque para mí, generalmente cuando uno está enfadado o triste o hundido, transmite esa energía a las personas con las que se rodea. Y ocurre exactamente lo mismo si es al contrario. A lo que iba, cuando al formularme alguna de esas tres preguntas, aunque sea en solo una, la respuesta es sí, entonces la llevare a cabo. La verdad y es que es cierto, que por el momento ninguna de esas tres preguntas han sido respondidos con dicha respuesta.
Y para finalizar, al anochecer, justo antes de que empiece un nuevo día, hago una valoración de este, pongo en una balanza los momentos buenos que ha tenido y los malos. Si son buenos, perfecto, si son malos... pues también; significa que te has dado cuenta de que hay algo que tienes que cambiar y no hay nada mejor en el mundo que intentar cambiar las cosas que no te gusten. O al menos intentarlo. Para mí, ese es uno de los pasos más agigantados que he dado hacia este camino llamado madurez.     

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